Amor condenado

Aquellos eran tiempos en que, por la inmensa y extensa cordillera Wënaerip, todavía corrían Osos gigantescos y muchas tierras eran habitadas por seres salvajes. En una gran llanura desconocida y oculta para la gran mayoría, en unas tierras llamadas Ainädres donde espesos bosques le daban un aire misterioso, se levantaba una antiquísima y majestuosa villa del pueblo de los Nätistu a la que todos llamaban Aibîll. Esta estaba protegida por un cerco hecho de colosales anillas, que habían sido construidas por el Gigante Hêracles cuando pasó por estas tierras, y una gruesa y alta muralla de piedras y rocas.

Aquí es donde Lampâgia llegó a este mundo, poco después de que el Sol y la Luna fueran designados por los Creadores para gobernar e imponer sus designios al reino del Cielo. Ella era hija del Rey Odô, que regía aquellas tierras y gozaba de la bendición de los espíritus que velaban y cuidaban del mundo: los Slätniabmayh en la lengua de la antigüedad, los Elementales en la lengua común de los seres llamados Humanos.

Lampâgia era la doncella más hermosa que nunca ningún ser había visto, que nunca antes había existido. Tenía el pelo oscuro, los ojos grandes y muy brillantes y su piel era suave como los pétalos de una rosa. Toda ella desprendía alegría, delicadeza y, siempre que podía, gozaba de pasear por entre los árboles frutales del jardín que crecía en la parte trasera del castillo. Su andar era tan delicado y armonioso, que daban la sensación de componer una bonita danza. Y así pasó mucho tiempo, teniendo en cuenta que el paso del tiempo para un Nätistu es muy diferente al de los seres llamados Humanos, cobijada bajo la protección y la seguridad del poder de su padre.

Pero una luna todo cambió. A aquellas verdes y frondosas tierras llegaron unos pocos hombres que huían de la ruina y destrucción de su territorio. Su camino los llevaba más allá, pasando de largo Ainädres, pero algo misterioso hizo cambiar los planes del joven al que seguían y, finalmente, terminaron por adentrarse. Este joven, llamado Manüsa, era hijo de un noble del pueblo de los Snïaras y heredero de sus tierras abundantes y acomodadas. Pero estas tierras despertaban envidias en los corazones de otros y, animados por las palabras envenenadas de Rodrôm, las hicieron desear a cualquier precio hasta el punto de asediarlas. Hubo una terrible y sangrienta batalla en las tierras en las que vivían aquellos hombres bajo la protección del padre de Manüsa. Finalmente, fueron ocupadas por estos hombres con el corazón oscurecido ayudados por las criaturas que envió Rodrôm, el Nïadnassad rechazado por los Creadores y sus propios hermanos que juntos compusieron este mundo. Todos sus pobladores huyeron o fueron encarcelados y esclavizados por los atacantes. A los que escaparon se les persiguió hasta ser capturados, pero unos pocos tuvieron la fortuna de sobrevivir. Estos no fueron otros que Manüsa y unos pocos de sus fieles hombres. La única pertenencia de su padre que pudo conservar fue un papiro que Sunifrëd de Anüzu, el conde de Lëzdry, le había entregado donde prometía su ayuda a él y a sus descendientes en caso de necesidad.

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